16 septiembre 2007

Hong Kong

Hong Kong o Singapur para un turista pueden ser exactamente lo mismo. Son ese tipo de ciudad al que puedes ir a pasar un fin de semana, poner la bandera, y volver satisfecho de haber visto otro país, para poder luego vacilar a tus colegas con tu mapita petado de crucecitas. Es así. Es un poco como lo de los americanos en la Luna, van una vez, ponen la bandera, tiran unas fotos, se las enseñan a los rusos, y no se sabe porqué no vuelven en los siguientes 40 años (por eso yo cada vez me fío más de la teoría del Mirlo Rojo de JJ Benítez).


Yo por mi parte, en Hong Kong, ni me encontré una civilización perdida, ni tiré bombas atómicas, ni nada de eso. Pero como si de un buen americano, he puesto mi bandera-crucecita, y enseño las fotos a mis rusos-colegas. Pero como soy bastante modesto, nunca diré que he estado en China.


Mi último viaje internacional. De fin de semana, con billete comprado a última hora, pero con la satisfacción de cumplir con un destino al que tenía planeado ir más o menos desde el principio. La cuna de Bruce Lee y Jackie Chan.



Hong Kong es como cualquier otra gran ciudad de la Asia capitalista gracias al modelo “un país, dos sistemas”, aplicado tras la devolución de la colonia por parte de los británicos en 1997. Con las particularidades por su puesto que le dan su mayoría de población china, el inglés como lengua oficial, una herencia cultural británica tras muchos decenios de control, y un enorme liberalismo económico. A parte, y debido a lo anterior, la tecnología novedosa y barata, aunque ya no tanto.

Evidentemente hay más dinero, más rascacielos, más contaminación (dos días sin ver el Sol cubierto por una nebulosa), más ambiente occidental que en Bangkok o Kuala, no mucho más que en Singapur. Pero en cuanto bajas la vista de la línea de rascacielos, dicen que la más bonita del mundo, y miras al frente, al nivel de la calle, vuelves a Asia. A los fideos, a los olores, al pato laqueado colgando tras la cristalera de los restaurantes, a los mercadillos, a los puestos de pescado seco, y a los lujosos centros comerciales en las calles principales llenas de “chinitas” vestidas de colegialas.



Un fin de semana, dos noches, en los que me dio tiempo tanto a tomarme unos buenos copazos (precio europeo: como me queda poco, así voy recordando lo que me espera), como a pegarme una enorme pateada por la ciudad.

Debe ser mucho más que esto, pero yo lo resumiría en una isla montañosa (el Hong Kong inicial británico), donde está el “Pico Victoria” y la línea de rascacielos, y una península, donde está Kowloon, el barrio más emblemático, con sus mercados y sus calles llenas de carteles al más puro estilo película de mafias chinas.


Quizás de mucho más de sí, pero no es la primera vez que me pasa, que cuando voy a un sitio creo que no lo estoy apreciando tanto como si llegase directamente de España. Los mercados, las falsificaciones, y las comidas ya no llaman tanto la atención.



En todo caso me gustó, con mucho ambiente de día y de noche, y con una perfecta combinación de Asia y Occidente, incluso me pareció bastante más habitable que Bangkok…con la excepción del barrio en el que me quedé a dormir, en la casa de un compañero de la oficina de allí, que dio la casualidad de que era el barrio del pescado seco. Cuando llegué la primera noche, todo cerrado en la calle, dije “joder, que mal huele”, y al día siguiente cuando me levanto y salgo a la calle, me encuentros que todos los comercios, abiertos de par en par, estaban llenos de palanganas hasta arriba de peces, mejillones, aletas de tiburón, calamares,… todo más seco que una pasa.

El finde pasó rápido, intenso, y con pocas horas de sueño. La vuelta la tenía desde Macao, pensaba haber pillado un ferry el domingo por la mañana para pasar la tarde en la ex-colonia portuguesa, jugando unos cuartos al Black Jack que es lo que se lleva por allí, pero no hubo tiempo. No pude más que coger un autocar e ir directo al aeropuerto. Así que, a pesar de podría hacerlo, no pondré crucecita en Macao, me daría vergüenza.

Bye bye!

02 septiembre 2007

Pai

Por fin, tras 11 meses, parece que los primeros pucelanos (y los últimos) se han aventurado a venir a Tailandia. Directamente desde “el centro” llegaron Lincon, ilustre geógrafo pinciano, y Lara, motera conversa, bajo un tormentón tremendo. Pronto me cercioré de que en el aeropuerto les había timado el taxi (¿por qué hago unas instrucciones de cómo venir rápido y seguro si luego nadie las lee?). Así les ha sucedido a todas las visitas, aunque esta vez asumo mi parte culpa, porque es cierto que cuando escribí eso de “decidle al taxista meter, meter”, no quedaba muy claro que me refería al taxí-“meter”. Y más estando en Tailandia, que eso de meter, meter,... bueno.

Pucela forever!!!



Pero bueno, aquí estaban y estuvieron durante dos semanas. Y a parte de a las compras de falsificaciones en los mercados (siempre de calidad), las copas en el Cheap Charlies, y alguna visita a los neones en Nana Square, y ese tipo de cosas, también me pude acoplar con ellos en uno de los viajes por el país. Era un lugar del que me hablado bastante bien y lo tenía “reservado”: Pai.



Ellos regresaban a Chiang Mai de hacer un trekking, y yo llegué el mismo viernes para ir juntos todos a Pai al día siguiente. Anna y Santi también andaban por la ciudad, así que los cinco nos pasamos toda la tarde en el mercado nocturno para acabar tomándonos unas copas en las terrazas junto al río.

Al día siguiente era cuando comenzaba el viajecillo. Las ideas muy claras, todo perfectamente organizado. Sábado por la mañana por aire: Chiang Mai-Pai en avioneta. Domingo por la tarde por tierra: Pai-Chiang Mai, 140km. en moto.

Así nos presentamos en el aeropuerto de Chang Mai por la mañana. Resulta que la avioneta tenía 11 plazas, y ya estaban todas cogidas. Cambio de plan. ¿Alquilamos un coche?, ¿vamos en furgoneta?. Al final pillamos un taxi y tras casi dos horas de carrera de montaña, puertaco incluido, y montones de curvas llegamos a Pai.



Pai es un pequeño pueblecillo al noroeste del país que poco a poco empezó a ser refugio de artistas y buscavidas locales e internacionales, y ahora mismo es un notable centro de turismo rural se podría decir que “alternativo”, que todavía no ha perdido su carácter tradicional en un valle idílico.



Cuenta con una serie de elementos que le dan un carácter bastante especial: bares con música en directo, galerías de arte, una abundante colonia de rasta-tais que allí viven, y música de Marley saliendo de los garitos. Curioso, sabiendo que es un pueblo ubicado en un lugar perdido de la montaña tailandesa.

Pendientes



En cuanto a actividades de naturaleza y aventura, pues ofrece lo mismo que muchos otros puntos del norte de Tailandia: montañas, bosques, cascadas, tribus, ríos,… Como teníamos planeado un finde motero, nada más llegar, tras el primer paseo por el pueblo, fuimos a una tienda de alquiler.




Segundo cambio. Desestimamos la vuelta del domingo a Chiang Mai en moto, la haríamos en furgoneta. El problema es que no dejaban hacer el trayecto en automáticas, y bueno, para los dos pucelanos era su primer contacto con las dos ruedas. Mejor no jugársela. Haríamos recorridos en moto por la zona, y nos olvidamos del viaje en moto de 4 horas del domingo.



A pesar del cambio de planes, fueron un par de días intensos. Y también dieron para algún pequeño sustillo con las motos (no diré nombres, pero más de uno besó el suelo, o tuvo alguna arrancada acelerada). Así que pensándolo en frío, quizás fue lo correcto el pequeño cambio.



Para arriba y para abajo, por carreteras de montaña y caminos embarrados con nuestras motillos urbanas, en busca de cascadas y manantiales en los que refrescarnos, a través de selvas y plantaciones de arroz. La verdad es que lo de la moto para mí ha sido uno de los mayores descubrimientos de este año (junto con el buceo, los kars, y el cable ski, ;p), algo que siempre había estado ahí y hasta ahora no me había dado cuenta de todo lo que pueden dar de sí.



Tras unas cuantas carreras con la moto y batidos de frutas en bares con decoración jamaicana, llego el momento de dejar Pai y el norte del país. Al que ya, por lo menos en lo que me queda por aquí, no volveré.

La verdad es que me lo pasé genial haciendo el cabra por los caminos, y además llegamos sanos y salvos a casa, ¿qué más se le puede pedir?. Esos días estuvieron entretenidos entre semana, haciendo un poco de guía de Bangkok (lo que el curro me dejaba). Una pena el viaje a Krabi del finde siguiente, al que no me pude apuntar, pero bueno... Y un poco de morriña tras haberme "acercado" a Pucela durante unos cuantos días. Nos vemos.

15 agosto 2007

El Golfo de Tailandia

Ha sido un agosto bastante raro. No sólo por estar en Tailandia y por esa extraña sensación de eterno verano en cualquier época del año, algo que acaba por desubicar a cualquiera. También un pico de trabajo en la oficina, y la falta de días libres (verano sin vacaciones, ¡pero eso dónde se ha visto!), han hecho que a veces fuese difícil desconectar. Pero bueno, a pesar de llegar a casa muchos días bastante cansado, y de tener sólo los fines de semana, había que aprovechar, y nos hemos montado nuestros viajecillos.



En el verano español, también verano tailandés (hemisferio norte), es la época del monzón húmedo. Eso no es, por mucho significado e imágenes de documentales que la palabra mozón traiga a nuestras cabezas, lo que uno se puede esperar antes de conocer la zona. Llueve, efectivamente, más que a lo largo de todo el resto del año. Pero esto no es la India, ni mucho menos Cherrapunji, las inundaciones son muy puntuales, y las lluvias torrenciales, que sí las hay, no duran días y días.



Varias tardes por semana empieza a llover, y no lo deja en varias horas. Las calles se inundan, las alcantarillas no pueden con todo, salen las ratas y esas cosas, pero al día siguiente sale el sol, y vuelta a empezar. Quizás al día siguiente, por la tarde, vuelva a llover, pero no tiene porqué. Así alternan días secos con lluviosos, y semanas de lluviosas con secas. Pero uno nunca acaba realmente cansado de que llueva. Y así es el monzón húmedo en Tailandia.



Cuando se trata de ir a la playa también es una época especial. La costa oeste, el Mar de Andamán (Similan, Phuket, Krabi, Ko Muk,…), deja de ser esa apacible y cristalina balsa de agua que fue durante los primeros meses del año, es época de tormentas, lluvias, y lanchas rápidas que vuelcan camino de las islas Pi Pi. Al otro lado, la costa este, el Golfo de Tailandia, recibe su pico de turistas, con el agua más clara que nunca y poquitas tardes con tormenta.



Así, en tres fines de semana diferentes a lo largo de finales de julio y primeros de agosto, me recorrí el Golfo de punta a punta. Dejando de lado Ko Samui y Ko Phangan. Y repitiendo con tres sitios en los que ya había estado: Ko Samet, Ko Chang, y Ko Tao. Me gustas las tres, cada uno con sus puntos fuertes.





Pero esta vez de Ko Tao me he llevado el mejor recuerdo. A pesar de la paliza de 15 horas de viaje en barco y bus, es sin duda el mejor punto de buceo del Golfo de Tailandia, y sumergirse en Chumpon Pinacle es el mejor ejemplo: serpientes de mar, morenas, barracudas, atunes, peces ballesta, tiburones grises (ni más ni menos que dos metros y pico de pez), tortugas,… Espectacular.

08 julio 2007

Chiang Rai

Chiang Rai, al norte del país, es una pequeña ciudad de provincias. Podría parecer similar a Chiang Mai, “capital” del norte del país, pero eso es sólo en el nombre y en la oferta de actividades al aire libre. En cuanto cae el Sol en Chiang Rai no hay absolutamente nada que hacer, que pueda ser escrito en un blog tolerado. Así, tras meternos Javi y yo al final de la tarde a darnos unos masajes, cuando salimos nos encontramos ya una ciudad vacía y oscura. Las 10 de la noche.


Mejor que mejor, porque nuestro paso por la capital de la provincia más septentrional del país era meramente anecdótico. Tampoco teníamos en mente el Triángulo de Oro, punto de unión de Tailandia, Laos y Birmania junto al río Mekong, y en su tiempo, y en parte también en la actualidad, una de las áreas con mayor producción y contrabando de opio en todo el mundo.


El objetivo era pasar un par de días de caminata por las montañas y selvas del norte tailandés en época de monzones. Yo había estado allá por febrero un poco más al sur, pero me había quedado algo defraudado. Eran ya muchos meses de monzón seco, y el bosque por aquel entonces era caluroso, seco, y no demasiado frondoso. Nada que ver con la idea de selva monzónica que yo tenía en la cabeza, y mucho menos con las selvas ecuatoriales de Borneo.


Esta vez fue diferente. Las lluvias habían comenzado en abril-mayo. El bosque había recuperado su verdor, el bambú aparecía lleno de hojas, el ambiente era húmedo, sofocante, de vez en cuando llovía ligeramente, y el denso sotobosque nos dejó empapados nada más empezar la caminata.


Antes de todo ello el guía despertándonos a las 8:00 porque íbamos tarde, un desayuno para llevar en nuestro hostal, taxi hasta el embarcadero, y allí una barca de popa larga remontando el río Kok. Por fin un momento de relax para desayunar, si no fuese por la velocidad del barco que hizo que el huevo frito de Javi acabase en mi camiseta.



Y luego andar, andar y andar. Subiendo continuamente, atravesando, saltando y cayendo en los múltiples arroyos que salpicaban el camino. Tras varias horas y habíamos ganado altitud, la vegetación era un poco menos frondosa, y llegamos al poblado donde pasaríamos la noche.

Unas cuantas chozas desperdigadas en lo más alto de una montaña, con una especie de plazoleta en medio, y casi un panel solar por choza. Era media tarde, y cerdos, gallinas y niños corrían de un lado a otro entre chaparrón y chaparrón. Uno de ellos (de los niños) jugaba con un escarabajo del tamaño de su mano, le metía en los regatos que había hecho el agua de lluvia, le ponía a subir paredes. Entretenido.


Un arroz con curry y maíz asado hizo que recuperáramos fuerzas, tirados en el pórtico de una choza. Antes de dormir un masaje a 6 manos por primera vez en mi vida. Tampoco se si era demasiado profesional, porque aunque la abuela que lo daba parecía que sabía, también había un niño quizás más interesado en andar sobre mi espalda y tirarme de los pelos de las piernas. Pero bueno, ante el precio, no podía quejarme.


Al día siguiente bastante pronto, y no habiendo dormido demasiado (los gallos llevaban dando guerra desde la 6), seguimos las ruta, todavía con las nubes mañaneras reposando sobre la selva.



Fue una ruta bonita, con mucha vegetación, arrozales, riachuelos, plantaciones de té,… muy Asia. Acabamos con un paseíllo en elefante. Ya lo había hecho y no me maravillaba, pero bueno, tuvo el aliciente de cruzar un río enorme sobre el animal.


Dando algún paseo por Chiang Rai acabó un fin de semana bastante “deportivo”, que de vez en cuando son muy bien recibidos.


14 junio 2007

Dan Sai

Loei es una de las provincias nororientales de Tailandia, en la gigantesca región de Isan, con fama de ser la más atrasada del país. Una zona bastante montañosa, y salpicada de arrozales y parques naturales.


Con motivo del festival de Phi Ta Khon, un acto religioso-festivo que tenía lugar en el pueblo de Dan Sai ese fin de semana, comenzamos un viaje por la provincia. Arrancamos en Udon Thani, apenas al sur 50 kilómetros de la frontera con Laos, y hacía allí nos dirigimos.


Alcanzamos el río Mekong, también frontera natural entre los dos países, justo con Vientiane en frente y cogimos una carretera hacia el oeste, a lo largo del río. Un recorrido ondulado y zigzageante, atravesando pequeños y solitarios pueblos con casas de teca (Si Chiang Mai, Ban Pak Mak, Chiang Khan,…). A la derecha siempre el río bastante bajo de agua, y justo al otro lado Laos. A la izquierda montañas, arrozales, templos y cascadas.

Tras unas cuantas horas de viaje cambiamos de dirección, y viajamos hacia el sur, con destino Dan Sai. Se hacía la noche, y nos esperaba el festival, que tendría lugar de madrugada.

El festival de Phi Ta Khon es una especie de homenaje al agua, al río y a la fertilidad. De orígen budista-animista (para explicaciones técnicas esta Wikipedia), últimamente está cogiendo una fama bastante importante dentro del país, principalmente para el turista tailandés. Y no deja de ser un evento local que es celebrado especialmente por gente de Dan Sai y de los pueblos de alrededor.

Sus actividades se podrían resumir en dos. Una procesión nocturna en honor a los espíritus del río, y una procesión diurna en honor a los mismos, pero de una manera mucho más terrenal. Como éramos nuevos nos apuntamos a las dos.


Esa misma noche cenamos en el pueblo. El aspecto era como el de las fiestas de cualquier pueblo, incluso de España. Gente bebiendo a saco wisqui y cerveza, puestos de recuerdos, de comida, de chucherías, luces, las típicas cuerdas con banderitas de papel de lado a lado de la calle, un grupo de danzas tradicionales (si se echaba de menos una discomovida de esas que tenemos…) en el escenario. Además tuvimos la “suerte” de que esa misma noche los puestos celebraban la fiesta del som tam. Para que os hagáis una idea, el som tam o ensalada de papaya es de las cosas que no conseguiré disfrutar de este país. Es una especialidad tai, un revueltillo de papaya, tomate, guindillas y alguna salsa local que al primer bocado consigue dejarte la boca ardiendo. Hubiese preferido una chocolatada, pero esto es Tailandia.

Con poco tiempo para reposar la cena, llegó la hora de despertarse. Hacia las 2 de la madrugada comenzaba la procesión junto a un templo, guiada por el chamán del pueblo y su mujer, ¿la chamana?. Asistentes: los religiosos, las señoras del pueblo, y los turistas. Hasta en esto me recordaba a cualquier fiesta de España: los jóvenes locales pasando de procesión y paseando su pedo por el pueblo (por no hacer un feo a un chaval me tocó desayunarme con un buen trago de 100 pippers). Los adultos machos en la cama recuperándose de la borrachera, la edad no perdona. Joder, clavado a España, ¿verdad?.


Bueno, pues los pocos valientes que seguíamos al líder, de túnica blanca impoluta, andábamos hacia el río. Allí, en una especie de templete se detuvo el ritual, siguieron las oraciones, los cánticos y los bailes, hasta que un tío se metió en el río (parte de la parafernalia, no era un espontáneo) a convencer, con grandes aspavientos acuáticos, a un espíritu del agua transformado en piedra de mármol para que se uniera a la fiesta. Y le debió de convencer, porque tras un buen rato de chapuzón, volvimos al templo de partida. Así se hizo el amanecer, momento de desayunar y volver a la cama a descansar un rato.

Un rato digo. Pocas horas después de nuevo en pié, que a las 12 de la mañana comenzaban las procesiones. Esta vez sí el pueblo estaba lleno, las calles a rebosar de gente esperando la llegada del desfile.


Era como un Carnaval, con gente disfrazada, por lo general de espíritus. No encaja en el perfil que nosotros tenemos de espíritus, pero claro, es otra cultura: una panda de salidos con careta, consoladores de madera y espadas con formas fálicas de aquí para allá, apuntándote con ellos, a la cara (a la boca) y a los genitales. Era divertido, bastante desfase.


Tras el desfile concluía nuestra sed de cultura tradicional. Nos acercamos a unos viñedos a modo curiosidad, Chateau de Loei, y continuamos nuestro largo viaje en coche. Era el fin del festival para nosotros.

Atravesamos el Parque Nacional de Phu Hin Rong Kla, famoso por el ser refugio del Partido Comunista Tailandés hasta su rendición en 1982. Las dificultades orográficas y su cercanía a frontera con Laos hacían de este un enclave inexpugnable para el ejército nacional. Allí, a más de 1700m., entre la selva, todavía están los campos de tiro, los cuarteles, y los puntos de defensa anti-aérea. La diferencia: la bandera tailandesa corona ahora un peñón calizo.


La carretera, a veces pista, estaba salpicada de agujeros, que sólo con nuestro todo-terreno podíamos salvar. El descenso hacia el valle, muy empinado y revirado, fue largo, acompañados de plantaciones de coles en la ladera de la montaña.

A pesar de la corta distancia en plano, eran más de 40 kilómetros a velocidad lenta, con vistas de la amplia llanura del Isán central que se perdían en el horizonte. Tardamos en llegar a Lom Sak, ya a pocos metros sobre el nivel del mar.


Desde allí, una carretera cómoda cruzando el Parque Nacional de Nam Nao con pocos sobresaltos (excepto enterarme de que Edouard no tenía carné tras pasar todo el viaje turnándonos) nos devolvió a Udon Thani, punto de partida y fin del viaje.

05 junio 2007

Camboya

Ya llevaba muchos meses en Tailandia, y era uno de los pocos de entre mis compañeros que nunca había cruzado la frontera hacia Camboya, país que encierra uno de los puntos más impresionantes de Asia: la antigua ciudad de Angkor (para el que no le suene, escenario elegido para la película de Tomb Raider).


Comenzó el viaje en Phnon Penh, capital del pequeño país. A pesar de la proximidad cultural entre los dos países, siempre ha habido enfrentamientos entre ellos, robándose territorio uno al otro, siendo Camboya el más desfavorecido por la historia reciente: ocupación francesa, guerra civil, genocidio, ocupación vietnamita... Y todo eso se deja notar en la capital, tranquila, ordenada, pero con más pobreza que cualquier ciudad provincial tailandesa.


La primera mañana visita a la cárcel del S-21, en el centro de la ciudad. Cuenta con una inmensa colección de fotos de ejecutados y torturados, relatos de ejecutores muchas veces perseguidos posteriormente, y artilugios de tortura, en un ambiente muy poco alterado de cómo lo encontraron los Vietnamitas tras llegar a la capital y acabar con el régimen de Pol Pot en 1975. Vamos, un placer para empezar.


Tras el triunfo de la revolución, el antiguo colegio fue rápidamente transformado en prisión y las aulas en celdas y salas de interrogación. Aquello fue en 1970. Tras conseguir la independencia de Francia en 1957, siguieron unos años de enfrentamientos y golpes de estado entre partidarios del rey, pro-occidentales, comunistas pro-chinos, comunistas pro-vietnamitas, muchas veces asociados los unos con los otros y los otros con los unos. Hasta que en 1970 la revolución roja de Pol Pot y sus jemeres rojos llegaron a la capital, con lo que comenzó la socialización al pié de la letra del país, el éxodo forzado al campo, y el aislamiento del exterior.


Los 5 años de gobierno, fueron años de “limpieza” (torturas, campos de prisioneros, trabajos forzados,...), primero contra los perdedores de la guerra civil, luego contra facciones que colaboraron en la victoria de la revolución, y posteriormente dentro del mismo "Partido" ganador. Resultado: 2 millones camboyanos muertos en 5 años, lo que para una población de 8 millones, resulta escalofriante. Los juicios por los crímenes guerra no han concluido, y el líder de la revolución falleció en 1998, dicen...


La verdad, siempre resulta extraña la sensación de cómo en un país tan tranquilo, tan similar en carácter a Tailandia, de gente amable y sonriente, hace apenas 30 años se estaban matando todos contra todos.


Tras Phnom Penh, un autocar nos llevó a Battambang. Una importante ciudad provincial, ya un completo paso atrás en el tiempo: calles sin asfaltar, pocos coches, motos y bicis por todas partes, y cuando no se va la luz, nada que hacer.

Tras tragar polvo en la capital, estábamos más por algo de tranquilidad, así que con unas motos nos fuimos a una presa cercana, en un paseo por el campo camboyano.

Junto al embalse a comer, y luego una siesta en las tumbonas, mientras Javi entretenía a los niños del lugar (es lo bueno de tener un mago en la oficina, es verdad, ¡es mago!).


Por la mañana, continuaba el viaje dirección Siem Reap, esta vez por barco. Una vieja e incómoda lancha rápida de madera en la que viajábamos más de 20.

El recorrido fue largo, siete horas de meandros y casas de pescadores en el río Sangker y en el lago Sap, donde lo más entretenido fue un hombre al agua a mitad de recorrido.



Y por fin en Siem Reap, punto final del viaje, segunda ciudad del país. Y en sus alrededores la antigua ciudad de Angkor, con sus templos perdidos en la selva, testimonio del apogeo de la civilización Jemer hace en torno a mil años. Probablemente uno de los lugares más espectaculares de Asia, aunque no haya sido incluido entre las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno (era finalista, pero en Brasil hay más teléfonos).


Pero antes de nada, tras una jornada de viaje y una buena ducha llega la cena. ¿Y qué es lo típico de Siem Reap para turistas del montón como nosotros?. La happy pizza!!!. Entre porción y porción de pizza la alegría fue llenando el ambiente de los tres viajeros. Hasta tal punto que me pasé varias horas sin dejar de reír, y sin poder articular más de tres palabras de cada frase que quería decir. Sencillamente, a mitad de frase se me olvidaba lo que quería contar. Paraba, dudaba, y cómo era tan absurdo, pues ataque de risa. Así una y otra vez, los tres sentados alrededor de una mesa, mirándonos sin poder hablar, y encadenando batidos de fruta.


La resaca del día siguiente no fue tan graciosa. Tenía el cuerpo quemado del viaje en barco (me quedé dormido en la cubierta) y empezó a doler. Además de la boca seca y un tremendo mareo. Pero no había tiempo para la recuperación, el tuk-tuk nos esperaba, y teníamos sólo un día para visitar las ruinas de Angkor.




La verdad es que la visita cumple las expectativas. Es espectacular. El enorme Angkor Wat dominando la llanura, la vegetación entrelazada en Ta Prom., los rostros de Angkor Tom… toda una colección de templos que resistieron como pudieron la caída del Impero Jemer y el posterior avance de la jungla. Y si todo ello se ve bajo los efectos de las pizzas...




Aquí, en Angkor, concluyo este viaje sur-norte por el centro del pequeño país. He tardado en ir, pero ha merecido la pena. Así doy por satisfecha mi curiosidad sobre los países que rodean a Tailandia, queda Laos, pero el tiempo me parece que no me llegará… quien sabe.


08 mayo 2007

Ko Tao: un poquito de relax.

Sin demasiado tiempo para la reflexión, con toda la paliza de Vietnam encima, un viernes me incorporé al trabajo, sabiendo que esa misma tarde llegaba de España la segunda visita. Edu, cómo no, una apuesta segura, acompañado de Juanlu y señora, Carol.


Sobre la hora prevista apareció el taxi por el Soi 11, cobrándoles un poco más de lo considerado “normal” (¡mira que les había dado instrucciones precisas!), pero tampoco demasiado. Pero claro, esa es la diferencia entre un turista y un farang, y evidentemente, cargados de maletas y con cara de cansados y despistados, parecían turistas.



La verdad es que ya tenía ganas de otra visita de España (la de Antonio ya estuvo genial), así que la que disfruté como si hubiese sido la primera o la única. Son unos cuantos días a saco, agotadores, con gente en casa, saliendo, viajando, pero muchas veces te hacen redescubrir esos sitios donde has estado y te han encantado, y también te sientes un poco más cerca de España con las habituales conversaciones que podríamos haber tenido un finde en cualquiera Madrid o en una “quedada” de esas que he hecho con ellos en Fallas. También aprovecho para ver aquellos sitios obligatorios a los que todavía no he ido, pensando siempre que cuando vengan visitas iré.



Los diez días que estuvieron fueron días de Changs y Singhas en el Cheap Charlie, de contar y beber las virtudes del Sangsom, del Suda Restaurant, de Wat Arun, de mercados (MBK, mercado nocturno, Chatuchak,... de esto si que acabé algo cansado, ¡pero lo querían comprar todo!),... y hasta aproveché para ver el margen derecho del Chao Phraya, conocido como Thonburi, a través de una densa red de canales en la que se fundó el actual Bangkok.


Entre medias, pues ellos se hicieron los habituales, aunque a estos yo no podía sumarme: Ko Samet, Palacio Real, mercado flotante de Damoen Saduak, Ayutthaya,...


Y llegado el fin de semana. ¿Dónde había estado tres veces y no me importaría volver nunca?: Krabi. Con un poco de riesgo porque la estación lluviosa se podía echar encima nos bajamos a la costa del mar de Andamán. Lo bueno de un sitio como Krabi es que siempre hay algo nuevo que ver. Entre las cosas que me quedaban estaban las islas de Phi Phi.

Podrían ser unas más dentro de las muchas islas de la bahía situada entre Krabi y la península de Phuket, de no ser por un director de cine que allá por 1999 se fijó en una de ellas, y eligió una como escenario protagonista de una de sus películas más exitosas. La bahía Maya, en Ko Phi Phi Leh, pasó a albergar el devaneo de Di Caprio con la marihuana durante unos cuantos meses.

Desde entonces, el aspecto de la bahía fue modificado, para hacerlo más paradisíaco (¿aún?), y sólo el tsunami de 2004 frenó el intenso turismo y le devolvió un aspecto más “natural”, además de llevarse varios miles de vidas. Ahora mismo, la Bahía Maya y el archipiélago de Phi Phi en general, vuelven a ser un punto turístico de primer orden, y es que, a pesar de ser el lugar de Tailandia con más buceadores por metro cúbico y no tener el encanto de paraísos solitarios que tienen otras islas de Andamán, el paisaje sigue siendo simplemente espectacular. Me entraron ganas hasta de volver a ver la película.

Tras la Bahía Maya, pues una noche de sábado en un chiringuito de la península de Rayley a base de buckets de Sangsom en la que casi volvemos al hostal de uno en uno y a cuatro patas (esto sin el casi, no se las veces que me caí en los 100m. del bar a la habitación, ¡menos mal que el suelo era de arena!).

Tras un domingo en la playa, vuelta a Bangkok, ya casi para despedirnos. Pero como remate, pues lo típico para visitas: Ping Pong Show, lo odio. El caso es que nos metimos en uno pero no duramos demasiado, lo justo para tomar una cerveza. Nos intentaron timar, y eso no me hacía demasiada gracia, así que me negué. Y la madam, muy vengativa ella, empezó a soltar improperios, e ideó todo un plan para que nos fuésemos. Como por casualidad las chicas del escenario nos lanzaban agua, lanzaban los dardos para nuestra zona, y ese tipo de chantaje psicológico. Total, que con las cervezas ya acabadas, y tras haber visto darting y writing entre otros, pero nada de ping pong, nos fuimos a un bar de travelos, donde las “chicas” son mucho más guapas que en los Ping Pong (que ironía, pero es así), y además uno se puede tomar una cerveza tranquilamente.

Pero todo acaba, incluso las intensas vacaciones de los amigos, para dar paso a unos días bastante más relajados por Bangkok, hasta acabar en Ko Tao.


Aprovechando el festivo que el día de la coronación Tailandesa nos brindaba, me fui con Javi a la Isla Tortuga, Tao. El plan, relax total, snorkel y alguna inmersión si se terciaba, pero allí viví uno de los momentos más intensos desde mi llegada, de lo mejor.


La isla preciosa, de cuento, rodeada de agua azul increíblemente transparente, emerge como una escarpada montaña verde en medio del Golfo de Tailandia. Sólo la hilera de bungalows junto a algunas de las playas y bahías, el pequeño puerto, y los grisáceos bolos graníticos que se acumulan en las laderas bajas, muchas veces ya tocando el agua salada, evitan que parezca un promontorio verde, selvático, en medio de la nada.


Además es temporada alta en el Golfo, así que excepto alguna por tormenta vespertina, pudimos disfrutar de un tiempo ideal, incluso demasiado. En nuestra intención de pasar un finde sano, nos alquilamos unas bicis para ir de una bahía a otra, cruzar la isla, apenas 3 kilómetros, pero no aguantamos en las bicis más de 10 minutos, el calor y las pendientes hicieron el resto.


Las noches tirados en las hamacas del par de chiringuitos que había en nuestra playa, tomando una colas, como mucho alguna Singha, y mirando atentamente el discurrir de rubias carnosas, australianas la mayoría, que pasaban ahí sus vacaciones. Nada de acción.


Y así llegó nuestro última mañana, nos cogimos un taxi (no más bicis, lo siento), con destino a Shark Bay, con la idea de hacer un poco de snorkel (desistimos del buceo, para eso hay que madrugar). “A veces se ven tiburones”, nos habían dicho, ¡ja!, no se lo creen ni ellos, el típico reclamo turístico. Llegamos a una bahía, bastante solitaria, un pequeño resort y una casetilla de comida, casi nadie alrededor. Y al agua.


El día anterior nos metimos 4 horas de agua para ver un par de rayas de lunares azules, algún mero, y los típicos pececillos del coral. En Shark Bay un inmenso manto de coral oscuro cubría el fondo. El ministro y yo nadando a la par. Llevábamos 5 minutos en el agua y no cubría más de metro y medio. La primera sombra. ¡Un tiburón!. Apuntando con el dedo, mirando a Javi. También lo había visto. Me sube el pulso y lo sigo con la mirada. Desaparece.

A partir de entonces, grupos de 2, de 3, de 5, de vez en cuando aparecían ante nosotros. De vez en cuando desaparecían, y eso era lo más angustiante. Nos mirábamos y nos girábamos en torno a nosotros buscando al grupo. Continuábamos nadando y al poco aparecían otros, o los mismos. Los tiburones de punta negra de arrecife son bastante habituales en todas las costas del Índico, pero cuando los ves, en torno al metro de longitud, dentro del agua, nadando a tu alrededor, parecen mucho más grandes. Hemos visto tantas películas. Alucinante. Inolvidable.

Con un moreno bastante respetable, las pilas cargadas a tope, y todavía la adrenalina por las nubes tras la experiencia acuática, llega el momento de volver al puerto, al barco y al autocar. Bangkok.

PD: tras quedarme sin cámara en Vietnam, no pude tirar fotos en Maya Bay y Railey, a ver si alguno se estira y me las envía (INDIRECTA... pero muchas gracias por la visita!!!).